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Editorial Dunken - Librería on line

miércoles, 10 de noviembre de 2010

NICOLÁS




-Yo lo arreglo mamá – decía la vocecita más dulce del mundo cada vez que veía mi cara de preocupación, y corría sobre piernitas tambaleantes a buscar las herramientas de papá.

No se alzaba ni un metro del suelo pero era mi hombrecito. Me agarraba muy fuerte la mano al cruzar una calle, pero no buscando mi protección sino tratando de cuidarme.

Mi chiquito flequilludo se creía un hombre cuando salíamos los dos solos, a veces con rumbo, otras a inventarlo al andar.

Incansables sus piecitos, jamás pedía que lo levantara en mis brazos. Caminaba y caminaba…su manito chiquitita apretando la mía; su carita seria, sus ojos enormes y curiosos mirando asombrados y su silencio obstinado siempre a cuestas.

¡Qué maravillosa sensación de compañía, de saber muy dentro mío que ya nunca caminaría sola porque esa manito así me lo decía!

Junto con su afán de arreglar lo que se rompía crecía su pasión por todo aquello que anduviera a motor, y así fue que lo veía correr por el jardín simulando con manos y boca que montaba una moto veloz con un rugiente motor.

Infatigable explorador y aventurero, cada día traía consigo una nueva travesura.

Arrojar por el respiradero del pozo ciego las sandalias de la hermana, ese paquete de galletitas que le acababa de comprar o su juguete favorito… trepar a la terraza causándome pánico o desaparecer sin dejar rastro para que media hora después, y al borde de una crisis de nervios, lo encontrara durmiendo inocentemente en el suelo debajo de su cama.

Rodillas raspadas, moretones varios, mentón varias veces cortado, huesitos fracturados…

Suturas y yesos poblaron sus días.

Un diente perdido y encontrado, una maestra contrita que lo trae a casa y al tiempo que se disculpa me pone en la mano un diente de leche cubierto de sangre y polvo, y asoma atrás de ella la carita asustada de mi pequeño con la boquita seriamente lastimada.

Sorbetes y líquidos. No puede comer…

No llora, no habla… se aviene.

Forja su carácter mi pequeño hombre. Se lo adivina intrépido y tenaz!

Hoy mis manos ya no logran envolver las suyas, y sus piecitos inquietos calzan cuarenta y seis. Ni en puntas de pie llego a sus mejillas tantas veces acariciadas, y es él quien me abraza y cobija contra su pecho.

Mi pequeño hombrecito seguirá viviendo en mi corazón. Al mirarlo veo en superposición al bebé risueño, al niñito serio…y cuesta aceptar que este joven de hoy estuvo en mi vientre, que lloró en mis brazos y que en algún momento y sin autorización, creció…y voló!


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